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martes, septiembre 05, 2006

Invocando a Narciso


Quizás porque suelo enfocar mis inseguridades más hacia lo físico y temperamental, que hacia lo intelectual, suelo creerme que todo lo puedo. Soy la mujer invencible de la que hablaba cuando se trata de mi trabajo, de mi capacidad de generar ideas, de la fe que tengo en mi misma en cuanto a lograr mis metas, y por lo mismo, de mi capacidad de venderme como “la más_______” (inserte calificativo necesario para que el cliente me compre aquí).

Yo entré al mundo de la comunicación estratégica (que suena más fino y más completo que relaciones públicas) hace poco, pero creo que he sido rápida en entender que en el mundo profesional es más importante proyectar seguridad que tenerla. Es decir, amigas/amigos, que si dudamos de nuestras habilidades intelectuales que sólo lo sepan tú y tu diario, pero para el público es mejor pecar de inmodesta que de insegura.

Dicho eso, no puedo ignorar los casos recientes en los que personas muy allegadas a mi han sufrido un bajón de autoestima profesional provocado por otras personas en posición de poder. En uno de los casos, se le dio a entender a una amiga que su idea no servía, y que ella sería incapaz de traerla al mundo real exitosamente.

Como producto, mi amiga procedió a pasmarse –cual camionero que llega caliente de la calle y abre la puerta del congelador—y a abortar la idea. Para colmo de males, ahora se encuentra afectada por la inseguridad y cree, dicho sin rodeos, que ella “es una mierda” y que por lo tanto “no da para nada”. Yo, porque creo que todos damos para los que nos proponemos y porque sé que ella no es una mierda ni nada tan inconsistente ni maloliente como eso, he tratado de motivarla para que siga adelante. Sin embargo, me da pena confesar que mis esfuerzos no han sido exitosos y que estoy comenzando a perder la fe sobre mi poder de convencimiento.

El otro caso se le asemeja, pero tal vez es peor. Se trata de otra amiga y de otro hombre. En este caso de un jefe que le ha hecho saber indirectamente que él entiende que ella no sabe hacer su trabajo, y que por lo tanto merece perderlo. Mi amiga, quien debió entender que tras años de hacer su trabajo, recibir premios por ello, y tener relaciones exitosas con clientes externos e internos y por lo tanto desestimar la apreciación de este “jefe”; se encuentra, en cambio, dudando sus propias habilidades.

¿Sabe ella que el tipo es un estúpido? Sí. ¿Reconoce que no había tenido problemas previos en su empleo? Claro. ¿Es una persona inteligente, capaz y digna de reconocimientos? Sin dudas. Pero este mensaje negativo ha podido más que todo lo que conoce de sus propias habilidades y ahora se encuentra defendiéndose como puede, pero no muy convencida de su propio valor. Aquí también mis ánimos y piropos han encontrado oídos poco atentos, y muy distraídos con los pensamientos autodestructivos que le nublan la mente.

Yo, y los que me conocen lo saben, en el ámbito laboral peco de inmodesta. Pero creo, fielmente, que para ser una profesional sobresaliente hay que creérselo, y que con creyéndoselo, uno llega a serlo. Por lo mismo invoco a Narciso, el dios del auto-amor, para que influya en la mente de estas dos amigas y de todas las personas próximas y lejanas que se dejan abatir por la opinión que otros tienen de su vida profesional, personal o cualquiera que fuera. Somos estudiadas, somos preparadas y, aunque nunca seremos perfectas, somos merecedoras de reconocimiento. Que nadie nos haga dudar de eso.

Quisiera seguir escribiendo sobre lo abusivo que me parece que las personas que tienen el poder de la influencia sobre una lo usen para hacer daño, pero creo que lo hice cuando escribí hace unos meses contra el poder. En cambio, le voy a hacer una invitación a mis amigas y a todas las que se sienten aludidas por este desahogo que a que si ellas se arman de seguridad profesional, yo voy a ver de donde saco una dosis de autoestima física, aún tenga que bajarla de Internet. ¿Quiénes se apuntan?

*La imágen es del cuadro de título "Narciso" de Caravaggio que data de 1546-1548

jueves, marzo 30, 2006

Contra el poder

Quizás porque me gusta pensar que soy una líder y no una seguidora, me es tan difícil asumir que yo no soy la que mando. Y más que no mandar, me es difícil asumir que como subalterna, empleada o “asistente” me corresponde escuchar, aceptar y acatar las ordenes que los supervisores o superiores (aún sea sólo por nivel de sueldo).

Pero lo hago. Escucho, entiendo, acato y cumplo, como una buena soldadita. Como yo actúan mis amigos, amigas, colegas, conocidos y familiares que tienen la desdicha de no haber llegado aun a ser la o el “jefe”; que por cierto es un calificativo más comúnmente utilizado por el pueblo dominicano para el dictador Trujillo.

Siendo eso así, ¿por qué es tan común que una sea víctima de humillaciones por parte de los jefes? ¿Por qué se sienten en la necesidad de reducirte a tu mínima expresión y recordarte, a veces sutilmente, a veces “a la clara” que tú dependes de tu trabajo, o lo que es peor, que el bienestar de los tuyos depende de tu trabajo? Si una cumple, ¿por qué sigue el abuso?

En ocasiones, yo he abusado del hecho de que puedo pasar de independiente a dependiente sin mayor complicación, para abandonar esas situaciones. Gracias a mi madre, que es para sus hijas una fuente de apoyo inequívoca e infalible, he mandado al menos a un trabajo, y con ello a unos cuantos jefes, a la mierda. Pero como mi madre, hay muchas personas que sostienen a otras, y que por lo tanto, no pueden olvidar su sustento. No pueden dejar lo que hacen “a lo fuck-it”. Tienen que respirar profundo, lavarse la cara y seguir trabajando.

Por esas mujeres que sienten que no pueden decir nada, hoy escribo contra el poder, “que debilita y nada da, que sólo quita, y deshace lo que está” (1). Escribo contra los jefes, los gobiernos, las amigas, los amantes y los vecinos que abusan porque pueden, porque te creen más débiles. Escribo contra el complejo de inferioridad, el miedo al cambio y la incertidumbre que nos hace quedarnos estáticas ante los abusos a nuestras personas. Contra todo lo que nos rompa el corazón, nos achique el alma y nos haga sentir menos. En fin, contra el poder.

Aquellos de ustedes que me conocen en lo personal sabrán que esto no es un “manifiesto comunista” (viniendo de mi, que soy un monumento andante al consumo, sería un acto extremo de hipocresía). Ni una ofrenda a los rebeldes o reaccionarios que no funcionan dentro de este o acueste sistema. Es un grito a cada una de nuestras conciencias, a que simple y llanamente no nos dejemos; a que sigamos haciendo lo que tenemos que hacer –ganándonos el pan, sirviendo a una causa, cumpliendo con lo requerido— sin dejarnos reducir a ser “sirvientes” del jefe de turno; manteniendo nuestro orgullo como mujeres y como personas; sintiéndonos orgullosas del trabajo realizado, y no avergonzadas de habernos sometido.

Hoy es la hastía por ver a las que quiero sometidas, lo que está ahogando a este pez.

(1) Letras de la Canción “Contra el Poder” de Pedro Guerra.

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